Presentación del libro ALMAFUERTE

Julián Axat, Ana Cacopardo, Juli Celle yClaudia López Lombardi.
Luciano Gugliemino en guitarra y Franco V, rapeando.

 

Prólogo de Julián Axat

​ Como buscan la luz y el aire libre / las macilentas hierbas subterráneas
/ como ruedan tenaces y tranquilas
“A la libertad”, Almafuerte

Del otro lado de la reja está la realidad, de este lado de la reja también está la realidad; la única irreal es la reja… La jaula. La jaula es la hipótesis represiva que en términos de expresión humana, a la larga, provoca  locura o deseos de libertad.  La jaula no existe. El deseo de salir de la jaula, como potencia superviviente aferrada a la expresión, al arte, a la creatividad con uno mismo, con los demás. A la vida o a la muerte.

Así suele presentarse en la historia algunos casos conocidos: Antonio Gramsci escribe prácticamente toda su obra en las cárceles del fascismo,  y lo hace en rollos de papel higiénico que tiene a mano. Jura Soyfer, poeta austríaco escribe toda su poética en restos de papeles que va juntando, encerrado en Auschwitz.  “La eternidad a través de los astros” libro escrito en 1871 por Louis-Auguste Blanqui, encerrado en una celda como consecuencia de su actuación revolucionaria en la Comuna de París: “Me refugio en los astros donde uno puede pasearse sin límites… y sentir que todo ser humano es eterno en cada uno de los segundos de su existencia. Esto que escribo en este momento en una celda del fuerte de Taureau, lo he escrito y lo escribiré durante la eternidad, sobre una mesa, con una pluma, con vestimentas, en circunstancias semejantes.” El amparo estelar de Blanqui como la forma de comunicarse con lo absoluto que tienen todos los confinados de la Historia.

La posibilidad de soñar y crear confinado. Mirar los astros. Fabricar vida y expresión con la negación de la libertad, para así afirmarla. Pero el arte no salva ni cura. La poesía es un registro más. El confinado lo toma o lo deja. Es un rudimento. Mirar más allá de sí, o mirar el barrote. Para el arte, la reja no existe.

Pedro Bonifacio Palacios, más conocido como Almafuerte, fue un gran poeta argentino del siglo XIX, quien tuvo la desgracia de que el Patronato de Menores del siglo XX usara su nombre para bautizar uno de los lugares de encierro de niños y adolescentes más conocidos de la provincia de Buenos Aires.  La paradoja es que un creador, un poeta de la libertad, haya quedado nominado entre los muros y barrotes de un lugar, hoy dirigido a confinar.

El confinamiento de los niños y adolescentes pobres en jaulas-cárceles, es un hecho cada vez más cotidiano en nuestra escena contemporánea; pues los sistemas punitivos cada vez les apuntan con mayor intensidad. Los medios de comunicación, las policías, los jueces perfilan una sociedad que excluye a los jóvenes de las periferias como elementos peligrosos, cuyo destino es –si es que no son asesinados antes- el tránsito por lugares como “el Almafuerte”.

En el día a día son arrojados dentro del sistema de encierro penal juvenil, en “el Almafuerte”, cientos de adolescentes con el peso de los estigmas en sus cuerpos.  Provienen de los márgenes de toda la provincia. Son pobres, no tienen 18 años, hablan y se visten de determinada manera, son morochos, usan gorrita, se juntan en las esquinas de sus barrios, saben de bardo, caen en redadas y desvíos, a la deriva son reclutados por adultos o les toca comerse el garrón de una causa armada. La vecinocracia, las cámaras de seguridad, los prontuarios, los patrulleros, las miradas, el desprecio, el racismo, los cacheos, las requisas, la tortura, la muerte, la cárcel son el acero que hace peso y se poya sobre el cuerpo de un pibe que nace en una barriada. Es el estereotipo del peligro y la sospecha con el que esos cuerpos deberán atravesar el mundo.

¿Qué hacen esos cuerpos cuando llegan al Almafuerte?  ¿Reproducen la negación o la afirman en el confinamiento?  Es sabido que “la Tumba” los espera con sus rutinas y sus prácticas, con el conocido “engome” (estar en la celda individual sin poder salir).  Con el poco tiempo de rancho y patio que conceden sus celadores. Pero no todo es jaula. La Convención Internacional de los Derechos del Niño de 1989, en el artículo 40, refiere al derecho al esparcimiento y a la dignidad que tiene la infancia encerrada por motivos penales. La contradicción con estos estándares hace que la demagogia punitiva de los gobiernos este obligada a generar resquicios donde aparecen docentes comprometidos que permiten un espectro de vitalismo.

En esos resquicios del sistema se juega la expresión y la creatividad. La posibilidad de esos cuerpos de obtener herramientas para invertir la carga negativa que los ha llevado hasta allí y transformar la subjetividad. Alivianarla. Sacarse el control del encima. Un conocimiento de-sí-mismo a través de la ayuda de otros: los talleristas, docentes, artistas que ingresan en el día a día a la Tumba y dejan la semilla de enseñanza, aprendizajes del registro de distintas formas de expresividad guiada. Puede ser poesía, cine, teatro, música. Se trata de conocer los estigmas para reflexionarlos. Ponerlos en discusión.  Autopercibirse.  Reflexionar sobre el propio estigma colocado por el sistema. Asumir quien podría llegar a ser, y dejar de ser quien “se es”. En resumen, un registro del arte que permita asumir el teatro de la propia subjetividad.

Hay un párrafo de John Berger, de sus Páginas de la herida, que bien podría resumir muchas de las ideas del libro que aquí presentamos: “…  La supervivencia y el orgullo en los bajos fondos dependen del teatro, un teatro en el que cada cual se afirma representándose llamativamente a sí mismo, pero en el que, al mismo tiempo, la supervivencia de cada uno puede depender de su discreción, de su no dejarse ver. La tensión resultante produce un tipo especial de urgencia expresiva en la cual los gestos ocupan todo el espacio disponible, en la cual el deseo de toda una vida podría muy bien expresarse con una simple mirada.”
Es como un “click”. Una ficha que cae. Toda una vida representada en “una simple mirada”. Algo que provoca en una subjetividad algún tipo de experiencia con el arte dentro del confinamiento que lleva a la expresión de esa trayectoria negada por el mundo social-policial-judicial-mediático, y carcelario.

Mirarse en el espejo de nuevo, experimentar verse de otra manera, aun cuando el entorno que siga sea la violencia y la exclusión. Nada fácil por cierto des-estigmatizar. Todo cuerpo de un adolescente criminalizado puede llevar, en acto, la potencia de su desincriminalización. Pues nadie sabe de lo que un cuerpo es capaz. Y todo el acero del control social subestima un cuerpo negado por el afuera-adentro. Pero el arte… el arte no salva ni cura. Es tan solo un rudimento. La poesía como registro más. Un “posible”. El confinado lo toma o lo deja. Mira más allá de sí, o mira el barrote.

Pues del otro lado de la reja está la realidad, de este lado de la reja también está la realidad…  Y si es posible hacer desaparecer la reja, es porque en los compartimentos estatales, entre las bisagras de una añeja burocracia de la reja, cuya banalidad del mal es mantenerla cerrada y hacerla evidente; de pronto, aparecen personas de colores que borran ese realismo o literalidad. Y la hacen desaparecer.

El compromiso indeclinable de esas personas que sueñan y ponen luz, colocan rudimentos, semillas, pequeños jalones de vida para los hoy considerados “enemigos del pueblo” que transitan el confinamiento.  De todo eso y mucho más, habla este magnífico libro que usted tiene en sus manos.